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Impugnación de testamento por falta de capacidad del testador

Según el Código Civil español, podrán hacer testamento todos aquellos a quienes la Ley no lo prohíbe expresamente. En este sentido, el propio Código señala que se hallarán incapacitados para testar: a) los menores de 14 años (el requisito de la edad asciende a los 18 años, en el caso del testamento ológrafo); y b) quien habitual o accidentalmente no se hallare “en su cabal juicio”.

El testamento es el documento donde una persona designa quiénes habrán de ser los sucesores en su patrimonio a partir del momento en el que el testador fallezca (véase nuestro artículo El testamento como manifestación de las últimas voluntades). Sin embargo, como hemos apuntado, no toda persona se halla legalmente habilitada para testar. El primero de los requisitos no plantea ninguna polémica, dado el carácter objetivo de la edad mínima del testador. En cambio, en torno a la exigencia de encontrarse en su cabal juicio surgen enormes controversias, ya que la capacidad se presume, mientras que la incapacidad para testar debe ser cumplidamente probada por quien la alegue: en caso de apreciarse falta de capacidad, el testamento será nulo de pleno derecho.

El momento en el que debe valorarse la capacidad del testador es, precisamente, el del otorgamiento del testamento (durante todo el acto del otorgamiento), pues nuestro Código Civil considera válido el que se haya efectuado antes de la “enajenación mental”. En este sentido, si una persona pierde la capacidad después de haber hecho testamento, éste conservará su plena validez.

En aras a garantizar que el testamento contiene de manera fiel las últimas voluntades de su autor, el Notario está obligado a asegurarse de la capacidad legal del testador (y los testigos –cuando existan- procurarán cerciorarse de la presencia de dicha capacidad). La capacidad que se requiere para testar no es otra que la que resulte suficiente para entender y querer el negocio jurídico testamentario (capacidad natural), por lo que no bastará el mero umbral de conocimiento que únicamente permite mostrar su asentimiento y rubricar al testamento. Así pues, el Notario no admitirá el otorgamiento del testamento de una persona que presente alteraciones psíquicas que modifiquen el normal funcionamiento de la facultad de querer.

Para que un testamento sea nulo por falta de capacidad del testador, no es imprescindible que éste se halle judicialmente incapacitado, sino que resulta suficiente con una anomalía psíquica o un trastorno transitorio suficientemente grave para provocar que no se halle “en su cabal juicio” en el preciso momento del otorgamiento del testamento. Aunque el Notario haya apreciado suficiente capacidad para testar, puede impugnarse el testamento si se considera que el testador carecía de ella al otorgarlo, si bien es cierto que el juicio favorable del Notario supone una presunción muy sólida de capacidad para nuestros Tribunales: exigen que quien impugne el testamento pruebe claramente la falta de capacidad del testador al otorgarlo, a través de informes médicos concluyentes.

Si el testador se hallaba judicialmente incapacitado, y la sentencia de incapacitación no se pronunció sobre su capacidad para testar, el Notario designará dos médicos que previamente lo reconozcan –antes y durante el otorgamiento- y autorizará el testamento sólo cuando éstos respondan de su capacidad. Aunque este dictamen médico ad hoc no constituye una prueba irrebatible, en la práctica judicial se le confiere un valor muy consistente y resulta arduo combatirlo.

La doctrina mayoritaria y alguna sentencia (por ejemplo, Sentencia del Tribunal Supremo de 20 de mayo de 1994) entienden que aunque la sentencia de incapacitación prohíba expresamente hacer testamento, el judicialmente incapacitado sí podrá testar si el Notario recaba el informe favorable de dos facultativos, que se responsabilicen de la capacidad del testador: el acto de testar es personalísimo, y la sentencia de incapacitación no puede arrebatar de forma absoluta la facultad de hacer testamento, ya que cabe otorgarlo en intervalos lúcidos.

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